El tiempo había pasado.



La casa de los abuelos no era la misma que recordaba. No era el mismo lugar acogedor en el que siempre entraba el sol por la ventana, no tenía el mismo jardín lleno de plantas de diversos de colores, no se respiraba ese aire fresco, no quedaban las ganas de querer quedarse, no estaban ellos.

Recorrí el jardín, ahora seco, imaginé a mi abuela agachada arreglando la tierra de sus plantas, cantándoles para que florecieran. Cuando llegué a la terraza, no estaba el abuelo sentado en su silla de madera leyendo el periódico. La casa estaba vacía, cubierta de polvo, se escuchaba el eco de mi respiración.
Ellos no volverían jamás, no habría más comidas, más cenas, más reuniones en las que vinieran los tíos ya fuera por gusto u obligación.
La familia con la que crecí se había desvanecido. No quedaba más que una enorme casa llena de recuerdos que se iban debilitando con el paso de los años.

Cuando llegué a la sala me encontré con un montón de fotografías. Rostros sonriendo o caras compungidas, intenté en vano recordar en qué momento se habían tomado. Al final solo eran imagenes, memorias escondidas, recuerdos de lo que fue.


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