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Me agobiaba pensar en la probabilidad de que aquellas extrañas llamadas provinieran de él.
El número que se registraba en el teléfono era completamente desconocido para mi sin embargo aquellas llamadas parecían familiares.
Él solía llamar un par de veces y guaraba silencio mientras escuchaba mi voz al otro lado del teléfono.
Él marcaba por las tardes esperando fuera mi voz la que contestara el teléfono, él sabía que yo sabría se trataba de él, me lo decía el corazón.
Aquel mismo sentimiento me invadió un par de veces esta semana, una parte de mi estaba convencida de que era él quien llamaba, miraba expectante el teléfono mientras sonaba por lo regular dos veces y después me preguntaba si sería bueno contestar o solo esperar a que se cansara de llamar.

¿Me extrañaba tanto como yo a él? habían pasado 8 años sin tener noticias suyas y sin embargo su recuerdo estaba más fresco que el rocío de la mañana que cubría las flores de mi jardín.

Si acaso contesto el teléfono ¿se atreverá a llamarme por mi nombre? ¿se limitará a escuchar mi voz rogando una y otra vez que conteste para seguir escuchándola? ¿seré capaz de decir su nombre? o el corazón me palpitará tan rápido que no podré pronunciar ni una sola palabra.
Parecía increíble que a pesar del tiempo y de la distancia, su recuerdo provocara en mi tal nerviosismo.
No era amor, eso ya había terminado, tal vez era solo el deseo de sentirme viva el que me llevaba diariamente a pensar en él.
Esta noche mientas la luna brilló en el firmameto lancé una petición al viento, vuelve...vuelve pronto, no me dejes morir con el arrepentimiento de jamás volverte a ver.

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