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Dedicatoria.

La abuela había muerto y, cuando le pedí que me acompañara a su funeral me miró con desdén, detuvo el auto y se bajó azotando la puerta.
Me dejó en medio de la calle, sola.
Los pititdos de los autos que estaban detrás de mi, me distrajeron por un instante, tenía que moverme, el semáforo estaba en verde.
Me pasé al asiento del conductor y al tratar de arrancar el auto me percaté de que se había llevado las llaves, entonces, me bajé y me fui caminando absorta en mis pensamientos, sanando mis problemas con las pequeñas bocanadas de aire que mi sofocado cuerpo daba en cada paso.
Él haría otro berrinche, era su forma de decirme que no quería que lo molestara con mis sentimientos, con mi dolor.
Neceitaba sanar mi alma, hacer lo que le diera paz. Necesitaba encontrar una respuesta, ¿debía seguir soportando sus caprichos? ¿sus arranques de ira? ¿su frustración? ¿sus celos?
Él no era perfecto y yo, no podía fingir que todo estaba bien cuando en mi interior, mi corazón estaba destrozado, mi dolor hoy era diferente, mi abuela había muerto.

Quería que me entendiera, que me abrazara, que me dijera que todo estaría bien, en cambio, no dedicó ni una mirada consiliadora, ni una sonrisa, o una caricia.

Fue tal su egoísmo, que mató en mi, el gran amor que le tenía.

Ya en el funeral, me acerqué a la pequeña caja en donde depositaron sus cenizas. Sonreí, estaba sola, él finalmente no había ido.
Te quiero, te quise y te querré, susurré ahogando un lamento, me pareció escuchar en el viento su voz.
Cerré los ojos y volví a la rutina, no hay nada más que pudiera haber hecho.

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