La despedida.

La llave no servía desde hacía un par de meses, el agua caía sobre una vasija de cristal que intensionalmente puso sobre el fregadero.
Las plantas del jardín estaban secas, no había quien las cuidara. La familia había dejado de visitarlo, estaba completamente solo en la casa.
El silencio retumbaba en sus oídos, lo enloquecía, se asomaba a la ventana esperando que alguien, quien fuera, tocara a su puerta para poder conversar.
El refrigerador estaba repleto de comida descompuesta, y sobre la mesa del comedor un par de manzanas se podrían.
La casa le pareció tan grande, tan vacia, tan silenciosa, tan asfixiante sin ella.
Finalmente, había entendido la falta que le hacía.
Ese diciembre cumplirían 60 años de casados, habían planeado una fiesta para celebrar, habían hablado de lo que harían el siguiente, de cómo verían crecer a sus nietas, del momento en el que ellas se fueran a vivir a la casa para continuar con sus estudios.
Tenían tantos planes y tan poco tiempo.
Se sentó en la mesa y encendió el televisor, había mucha estática, lo observó durante 5 horas sin pestañear, la noche llegó.
Se puso en pie y se dirigió a la cama, se recostó sobre la colcha donde ella fue puesta por última vez antes de que la ambulancia se la llevara, y cerró los ojos para nunca volver a abrirlos.

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