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Estaba esperándote, pasé varias noches despierta mirando fijamente hacia la puerta, esperando que entraras como era costumbre por el pasillo, escudriñando la alfombra, pasando el dedo por encima de las repisas.
Pero aquella noche solo entró una ráfaga de aire, azotó las ventanas y desprendió las cortinas de sus ganchos.
Un profuso silencio inundó el cuarto cuando corrí por el pasillo cerrando puertas y ventanas.
No podía entender lo que pasaba.
Mi cuerpo estaba ahí, pero mi mente yacía en otro lado, lejos de la realidad que trataba de asfixiarme.
Vivía a medias, a ratos, lloraba cada noche ahogando mis lágrimas en una copa de vino, y ahí estabas tu, preso en mi memoria.

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