Él estaba siempre cansado, tal vez solo de mí. A veces ni siquiera volteaba a verme cuando hablaba, era como si yo fuera parte de uno de los cuadros de la pared, uno viejo, de esos que piensas deschar tan pronto tengas la oportunidad, ese que ya no sacudes porque no vale la pena que lo vean.
Por más que trataba de sobrellevar los días, las cosas a su lado eran cada vez más insostenibles.
Cuando llegaba la noche cerraba los ojos, me recostaba en la cama a su lado, y pensaba si valía la pena seguir soportando esta mentira.
Ya no era el amor el que nos unía, era la costumbre de los años que llevabamos encima.

Él se sentaba a hablar largas horas con sus amigos mientras bebía una cerveza, a veces una copa de cognac, otras vodka o agua con hielos.
Yo me internaba en el celular revisando entre mis contactos aquel a quien no le hubiera escrito en varios meses, y que me ofreciera una conversación larga.

A veces ocupaba las noches pensando en qué sería de él sin mi, otras lloraba sin lágrimas al darme cuenta de que nada cambiaría en su vida.

Si me voy ahora nadie notaría la diferencia.

¿Cambiaría en algo saber que mi tiempo está contado?

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