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La cita.


Cerca de las 12 de la tarde cuando el sol estaba en su máximo punto, los dibujos del domo se reflejaban en el piso.
Me senté en una de las bancas del patio y cerré los ojos pensando en todo y en nada.

-Por fin saliste.

-¡Damian! -respondí avergonzada-, ¿cuánto tiempo llevas aquí?

-No mucho, cómo estás.

-Bien, creo. La verdad es que ya me había cansado de estar encerrada y dado que nadie sale pensé que sería seguro sentarme aquí.

-Lo es -dijo y se sentó a mi lado.

-Entonces tampoco estás saliendo.

-No.

-¿Cuándo crees que acabe todo esto?

-Pronto espero. Este confinamiento me está volviendo loco.

-Sí a mi también. Oye por qué no vas a cenar a mi casa esta noche.

-¿Crees que sea buena idea?

-Bueno no estás saliendo y yo tampoco. Técnicamente es como si viviéramos juntos.

-Bien, llevaré una botella de vino.

-Es martes.

-¿Importa eso?

-No, ya no -sonreí.

Él se puso en pie y caminó hasta la escalera.

-Entonces te veré esta noche.

-A las 8.

-Bien.

Justo antes de que dieran las 8 una tormenta azotó la ciudad. Las luces se apagaron y tuve que prender un par de velas aromáticas que me habían obsequiado.
No era buena en la cocina, había preparado un par de sopas instantáneas y sacado un filete  del congelador. 

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