Detrás de la montaña...

En medio de la agonía que me provocaba estar sentada en medio de ese cuarto, tragándome las ganas de llorar y exponerme frente a todos. Con una inmensa soledad a pesar de estar rodeada de los cientos de personas que habían acudido al funeral. Ese caótico suceso me tenía turbada.

Las conversaciones que se distinguían en medio de susurros, algunos rostros demacrados, el lúgubre color negro que vestían, el olor a lirios y a cera, esa tristeza.

Yo permanecí inmóvil, observando desde mi lugar el féretro, me parecía increíble que hace poco menos de 12 horas él estaba sonriendo y ahora yacía en una caja de cedro, con la piel tersa, un gesto pasivo, como si durmiera, dejando tantas cosas pendientes.

Siempre lo consideré tan fuerte, tan eterno, creí que contaría con él en las buenas y en las malas, al menos otros 100 años pero la vida es tan impredecible y fue así que lo entendí.

Lo ví partir antes de poder hacer algo. Corrí desesperada en medio de la cocina, subí las escaleras que conducían al patio, tomé el teléfono y llamé a la ambulancia no sé cuántas veces, salí a la calle y detrás de la puerta las cosas eran tan diferentes, el sol brillaba, su resolana era cálida, el aire tibio soplaba, había vida, había paz.
Apresurada, ante la desconcertante mirada de la gente que estaba afuera llegué hasta la esquina.
El eco que producía la sirena de la ambulancia le abría paso en medio de los autos, recuerdo la desesperación con la que le hice señas y lo inútil que fue.

En mi interior sabía que no había remedio, pero mantuve la fe,a final de cuentas es lo que nos mantiene vivos.

Ya nada se podía hacer, ya nada se hizo. Los paramédicos fingieron que agotaban sus posibilidades de reanimarlo, mantuve la calma, me mantuve ahí para no abandonarlo y me dí cuenta que no lo conocía a fondo. Pasamos tanto tiempo al lado de la familia pero nunca nos damos la oportunidad de conocerlos en realidad, no es requisito para formar parte de ella interesarnos bien en sus miembros, es algo egoísta y frívolo.

Así que ahí estaba, fingiendo que era uno más de los asistentes, que era solo participe del evento y que no sabía todo lo que había pasado horas antes.

No estoy enojada contigo por haberte marchado, fue tu decisión, la más importante, pasó lo que tenía que pasar porque así estaba escrito pero me pesa aceptarlo.

Te fuiste un lunes, sin despedirte y debo confesar que cualquier sonido fuerte o grito me produce ansiedad, miedo.
Me hiciste ver que la vida se puede ir en un segundo, sin dar motivos o razones, solo así porque es su tiempo.

Partiste rodeado de amor, en medio de la desesperación de quienes estábamos ahí intentando ayudar. Incluso hasta podría jurar que ví el destello de tu alma abandonar tu cuerpo y esa luz fue hermosa.

Cuando terminó el rosario alguien cuestionó mis sentimientos al respecto, mi forma tan insensible de pararme de la silla y salir sin despedirme.

¿Insensible? ¿De verdad? dije mofándome irónica, ninguno de los presentes saben lo que viví, nadie de los que llora entenderá lo que sentí, lo que ví.

Te extraño, cada día un poco menos, un poco más. Las cosas dieron un giro radical y me cuesta asimilar la vida desde esta nueva perspectiva.
Me cuesta trabajo regresar al mismo lugar y no verte ahí, borrar esa catastrófica imagen de mi mente y continuar mi camino.
Entender que lo material sigue pero tú no estas y algún día yo tampoco estaré sin embargo la fuente que ocupa el patio, la pila de agua, el sol, el cielo...todo, absolutamente todo estará.

Detrás de la montaña esta el sol, la luz.






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