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El año de la marmota.

Tenía 16 años cuando él me dejó sola en aquella banca del parque. Era 6 de Enero y los niños corrían con sus juguetes nuevos rodeando la fuente de los frailes.

En 10 días sería su cumpleaños y lo único en lo que pensaba era en lo mucho que me había lastimado el corazón con su traición. Traición de la que nunca tuve pruebas pero me dejé convencer.

Lo último que recuerdo de ese día es que me fui a la cama temprano, deseé con todas mis fuerzas que el tiempo volviera y al despertar habían pasado 20 años.

"Las cifras no nos favorecen es por ello que declaramos un cierre total de todas las actividades no esenciales a partir de mañana y hasta el 31 de Marzo" Rezaba el locutor en la radio. Dejé lo que estaba haciendo de inmediato y me acerqué a la barra de la cocina, saqué una taza del estante y me serví un poco de café. Me asomé por la ventana, las calles estaban vacías, entonces apagué el radio y encendí la televisión.

En todos los canales se hablaba de lo mismo. Pronto la calle se llenó de autos esperando entrar al estacionamiento del mini súper que estaba en la esquina. Revisé la alacena, tenía un par de sopas instantáneas y un montón de latas de frijoles.

Los del restaurante de enfrente se veían mutuamente y cuchicheaban mientras los clientes empezaban a pararse de las sillas.

¿Qué estaba pasando?. Apagué la televisión y me fui a la cama pensando en aquel 6 de enero deseando con todas mis fuerzas que la pesadilla terminara pronto, jamás imaginé la dimensión de mis deseos.

Cuando abrí los ojos eran las 3:30 de la tarde, estaba en la casa de mi madre, debía estar soñando, no podía estar ahí, ya no vivía ahí, ni siquiera estábamos en la misma provincia.

Me levanté de un tirón y corrí hacia el baño con los ojos entre abiertos, me eché un poco de agua fría y entonces cuando por fin logré abrirlos me miré al espejo. 

Ahí estaba con 16 años de nuevo, parada frente al espejo de mi baño, con los ojos abiertos como platos. El teléfono sonó y escuché la voz de mi madre gritando que tenía una llamada.

-Helen, contesta o cuelgo -gritó y entonces me apresuré a tomar el teléfono. Había olvidado cómo se usaban esas cosas, hacía tanto tiempo que no usaba uno.

Entonces escuché su voz al otro lado de la línea, jamás creí que algo así pasaría, tenía una oportunidad para cambiar las cosas y no iba a desaprovecharla. Cambiaría mi vida, haría todo diferente.

Tomé mis cosas y salí de la casa, quedé de verlo en la fuente de los frailes. El sol brillaba majestuosamente en el cielo, el aire soplaba tibio, puro y los pájaros cantaban en las ramas de los árboles.

Él llegó, se postró frente a mí y me observó nervioso.

-¿Hace cuánto que estás aquí?

-No importa -dije y me lancé sus brazos.

Me extasié con el aroma de su perfume que casi había olvidado y cerré los ojos.

-Te extrañé.

Una sonrisa invadió su rostro y me estrechó entre sus brazos con tal fuerza que casi me saca el aire de los pulmones.

-Yo también -respondió y me dio un beso en el cuello.


  


 

 

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