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El diario de Mina. Capitulo 1 parte 2

Capitulo 1

Parte 2

 Romina apresuró su paso, cruzó el extenso pasillo y chocó contra aquella cadavérica mujer, luego, abrió la primer puerta que encontró y terminó por perderse en el extremo sur de la casa. 

La propiedad era tan grande que parecía que estaba diseñada para atrapar a cualquiera que entrara en ella. 

Tras dar un par de vueltas por el pasillo, aquel laberinto la colocó en un cuarto lleno de puertas. Romina sintió que una intensa pesadez invadió su pecho, perturbada dio un giro de 360 grados, la ofuscación le impidió pensar con claridad, sacó su teléfono y trató de llamar a Hanna pero en ese lugar no tenía señal. 


En su desesperación abrió todas las puertas hasta que detrás de una vio un par de jaulas al final del pasillo, al doblar la esquina tropezó con su padre.

Él sujetó sus hombros, la observó sorprendido y a la vez emocionado de que ella estuviera ahí. Romina no sabía cuánto tiempo llevaba perdida en ese lugar, si él no hubiera aparecido habría perdido la cordura.

Max buscó su mirada tratando de calmarla, ella empezó a llorar víctima de la frustración.


-Hija, qué haces aquí, por qué estás llorando, qué pasó -preguntó lleno de interrogantes.


Para ella, Maximiliano Aragón no era su padre sino un completo extraño, al cual, recordaba gracias a los viejos recortes de periódico en tonos sepia que su madre tenía pegados en un álbum que escondía debajo de la cama; apenas legibles, en su mayoría rotos pero que Berenice cuidaba como si de un tesoro se tratara. 


       -Hija, ¿qué sucede?, ¿te hicieron algo?


Sus palabras parecían sinceras y retumbaron en su cabeza como ecos hasta que reaccionó y se soltó de sus manos.

Romina corrió hasta la puerta principal. Estaba angustiada, furiosa y a la vez pensó que le habían tendido una trampa y que jamás saldría de esa casa. 

El aire sopló enérgico haciendo que se formara una densa capa de polvo.Romina cubrió sus ojos y corrió hasta donde su auto se encontraba estacionado, muy cerca del campo de lavanda y a un costado del cementerio. 


Sintió una terrible tensión en la cabeza que provocó que soltara las llaves y estas cayeran al suelo. Todo le daba vueltas, sus oídos comenzaron a zumbar y de poco a poco sintió que se desvanecía, se sujetó de la manija del auto para no caer.


Cuando el viento dejó de soplar la calle se sumió en una profunda oscuridad. La farola que estaba en la esquina automáticamente se encendió pero inmediatamente empezó a parpadear hasta que el foco se apagó. Trató de abrir la puerta pero el control no servía, pensó que probablemente la caída lo había averiado. Intentó arreglarlo y entonces,  algo se movió en la penumbra, era la silueta de un hombre delgado, alto que al moverse se inclinaba de manera peculiar.


El ambiente se tornó inerte, las hojas de los árboles que minutos antes se movían estrepitosas ahora estaban quietas, no había nadie más que ella en la calle y el único ruido que se escuchaba era el de aquellos pies arrastrándose sobre el pavimento.


 Romina siguió aparentando el control y jalando la manija, la farola empezó a parpadear nuevamente  y aquella silueta se desvaneció cuando la luz volvió a iluminar la calle, el ambiente dejó de ser inerte y al fondo se escucharon los gorjeos de los grillos.


Cuando finalmente la puerta se abrió y con el poco control que le quedaba en su cuerpo se arrastró hacia el interior del auto y cerró la puerta, puso los seguros de inmediato e intentó arrancarlo. Se encogió sobre el volante cubriendo su rostro y apretando los ojos mientras tragaba saliva e hiperventilaba.


-¡Por favor arranca!, ¡por favor!


El timbre de  la campana de un hombre que iba en bicicleta hizo que entre abriera los ojos. Llevaba una canasta de pan sobre la cabeza y un perro lo perseguía.

Romina lentamente se incorporó, volteó en ambas direcciones, la calle estaba llena de gente que había salido de la nada.

Maximiliano entró a la biblioteca assodando la puerta. Rodrigo estaba hincado frente a Teresa, quien parecía sufrir un colapso nervioso. Lo jaló del cuello y lo aventó al otro lado de la habitación.

Teresa se enderezó.


-Qué diablos le hiciste a mi hija.


-¡Tu hija! -soltó una carcajada y abrió los ojos sorprendida de que la llamara de ese modo-. Ella se portó muy imprudente, debiste ver la forma en que me faltó al respeto.


-Clara -preguntó sin quitarle la vista de encima a Teresa-, ¿es cierto eso?


-Bueno, tanto como faltarle el respeto a Teté desde luego que no pero se enfrentó con Rodrigo y eso no es propio de una señorita. Mi hijo es un caballero pero imagínate que no lo fuera, habría sido todo un desastre porque Romina es muy explosiva.


-¿En dónde está Hanna?


-Ella no fue citada para la lectura, ¿puedes creerlo?, yo en tu lugar estaría más que ofendido de que sea precisamente Romina quien reciba toda la herencia de la familia -respondió Teté con un tono de ironía.


Max guardó silencio, desde hace tiempo había acordado con Lola la repartición de la herencia y de las propiedades aún así, le sorprendió que no hubiese requerido a Hanna.


-Ricardo, ¿ya se marchó?


-Supongo que te sorprenderá saber que no vino. 


-Creí que estaba interesado en la lectura.


-Sí pero en su posición  no puede pelearse por unas cuantas propiedades, sería todo un escándalo. Claro que no descarto que lo haga más adelante, como le dije a tu hija, la hacienda ha pertenecido por generaciones a la familia y no vamos a permitir que nos la quiten. ¿Tienes idea de cuánto tiempo y dinero invertimos Ricardo y yo en remodelarla?


Clara se levantó de su asiento, con una mano llamó a Rodrigo y con la otra se sostuvo apoyándoselas en la silla.  Él corrió a ayudarla mientras Teté lo observaba detenidamente.


-Qué hace él aquí -preguntó Maximiliano interesado.


-Vino con su mamá. Legalmente es un Aragón, no podemos hacer nada al respecto. Es como “tu hija” debemos aceptarlos  -añadió burlona.


Max la tomó por el cuello y la recargó contra la pared.


-Si vuelves a acercarte a ella te mataré.


-Suéltame -dijo con la voz entre cortada.


Clara se acercó lo más rápido que pudo Max, lo tomó del brazo tratando de calmar la situación.

Cuando soltó a Teresa esta cayó al suelo, Rodrigo corrió a levantarla.


-Estás advertida -dijo y salió de la biblioteca.


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