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Primer amor.

10 de octubre de 2003

Irina nunca había usado el transporte público, la idea de estar sola en medio de la noche le emocionaba. Por lo general nunca le permitían andar sola por la calle.

Aquella noche, su primo Matt había salido a comprar material para instalar una red inalámbrica en la cafetería.
Él siempre la dejaba en la esquina de su casa y ya era muy tarde como para seguir esperándolo, así que tenía que idear una excusa para irse sin que su tía la fuera a dejar a su casa.

Mientras terminaba de limpiar las mesas, una idea vino a su mente.

-¡Cielos!

-¿Qué sucede pequeña?

-¡Mira la hora, son casi las 10! Había olvidado por completo que tengo que llegar temprano mañana para la sesión fotográfica del anuario de la escuela. ¿No me harás esperar a Matt hasta las 11, verdad? Me refiero a que si no duermo lo suficiente, amaneceré con tremendas ojeras.

-Puedes dormir en la sala de empleados en lo que él llega.

-Sí pero de hacerlo me interrumpiría el sueño y después me costaría trabajo volver a dormir. Me daría insomnio y entonces sería peor. No quiero enseñarles a mis hijos unas fotos donde aparezca con bolsas en los ojos.

-¡Qué tonterías dices! Aún eres muy joven para preocuparte por esas cosas, además, para cuando eso suceda tus hijos estarán más interesados en ver las fotos de niñas de su edad y no las tuyas. Sabes que no puedo llevarte ahora querida.

-Yo puedo irme sola. Se cuidarme bien, además puede irme en metro para llegar más rápido.

-¡Niña estas loca! No puedo dejarte ir en metro y mucho menos sola.

-¿Prefieres que me vaya en taxi? Podría tomar uno en la esquina, pero creo que viajar con la multitud es menos riesgoso que ir sola en un auto con un desconocido. Por favor tuya, no querrás que salga fatal en las fotos ¿verdad?

Lucille observó a Irina con esa tierna mirada de comparecencia y no objetó su petición.


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