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Antes de que te vayas.

A menudo me preguntaba cómo sería ser ella, era tan perfecta. Tenía una larga y hermosa cabellera ébano y yo juraba que no era el viento el que la movía sino él quien decidía la dirección que tomaría, la forma en que se curvaría y caería nuevamente sobre sus delicados hombros, siempre cubiertos por sedas finas o telas importadas.

Tenía una exquisita forma de sujetar la taza de té, levantando involuntariamente el meñique y hasta sabía donde colocar justamente la mirada mientras bebía.
Era tan elegante, no solo se debía a que había nacido en una familia adinerada, también se debía  a la educación que había recibido desde pequeña, misma que había tirado por la borda pues vivía de lo que había heredado, aunque para ser honesta no necesitaba nada más.

Su sala estaba repleta de figuras de porcelana, colección de su madre, que había adquirido en cada uno de sus viajes a través del mundo. Algunas eran excepcionales otras parecían sacadas de una película de terror.

En su comedor había una enorme pintura que después me enteré le había regalado un amigo a su padre, y que había adquirido en una exclusiva subasta.
 Cerca de la pintura se encontraba una familia de gatos de lo que en un principio creí era plata pero después descubrí era titanio, siempre que me sentaba a la mesa sentía que giraban su cabeza y me juzgaban, me decían que yo no debería estar ahí.

Probablemente no debería, pero estaba, ella era mi amiga y yo la única persona con la suficiente autoestima para aceptar sus vanidades y que estas no me afectaran.
A veces me daba lástima, estaba tan sola, ¿de qué le servía toda esa fortuna?


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