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Un recuerdo.

El sonido de las teclas de marfil del piano que estaba en el recibidor, muy cerca de la ventana francesa, se escuchaban hasta la cocina, incluso más que la propia música que emitían.
Tía Agatha gritaba entonces que debía deslizarlas lentamente con los dedos y sostenerlas, entonces detenía mis intentos por tocar y me quedaba con la mirada perdida viendo hacia la ventana.

Mientras el aire tibio atravesaba las cortinas de seda verde menta, el olor de las fragancias que usaba se intensificaban cuando salía de la cocina y se dirigía a la sala.

Se sentaba junto a una enorme charola de plata llena de grecas y servía su té en una preciosa taza de talavera, cruzaba los tobillos y antes de colocar una servilleta sobre su regazo ponía el metrónomo. El tic tac retumbaba en mi cabeza y entonces, me giraba en el banco y colocaba las manos sobre las teclas.
Tía Agatha bebía su té dejando una mancha casi imborrable de su perfumado labial en la orilla. Habría sido una gran concertista si su padre la hubiera dejado pero eran otras épocas, tiempos de represión hacia la mujer.
Nunca se casó, dedicaba sus tardes a dar clases a los hijos de sus amigas y a mi.

Me gustaba cerrar los ojos e imaginar que en lugar de aquella vieja casona me encontraba en una hermosa sala de conciertos, que las luces de los reflectores brillaban por encima de mi rostro y el recién pulido piso de duela me hacía resbalar, escuchaba entonces los aplausos de la gente levantándose de las butacas y las cortinas de terciopelo rojo bajando lentamente hasta cerrarse.

Agatha enfermó a los pocos meses, y yo, como era de esperarse dejé las clases de piano.
Las teclas del piano de cola que había en casa de los abuelos me hacían pensar en ella, sus labios secos, blancos, su rostro delgado, sin vida, su cabello lacio cayendo por encima de su rostro y el leve movimiento de su pecho inflado por su cortada respiración, nada quedaba de aquella hermosa mujer que a pesar de su edad llenaba su rostro de colorete fugcia y pintaba sus labios de carmín.

Los breves minutos que pasé a su lado antes de que partiera provocaron mis pesadillas por varias noches, incluida la primera cuando vi su sombra deslizarse por la escalera.


No estaba muerta, jamás lo estaría,  simplemente cambió de plano. Ella estaría a mi lado siempre, viviría en mi memoria y en mi corazón.



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