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21 días.

En 21 días él morirá. Correrá la tarde y soplará el aire anunciando el comienzo de las vacaciones. En 21 días él bajará las escaleras, dará los buenos días y cruzará la puerta del taller por última vez.

14 de febrero.

Sábado 12 p.m.

Aquella mañana mi esposo estaba molesto conmigo, con la vida, con él, teníamos muchos problemas económicos a causa de todo el dinero que habíamos gastado en la operación de nuestro hijo menor. Aunque no me lo decía me culpaba por ello, yo también lo creía sin embargo trataba de no pensar en ello sino enfocarme en su recuperación.
Acababamos de regresar a la ciudad, nos habíamos ausentado por casi 10 años y estábamos viviendo con mi madre en la casa donde crecí y viví parte de mi vida.

Como mi hijo necesitaba toda mi atención, lo único que podía hacer para tener dinero era vender collares, no podía buscar un trabajo, no quería separarme de él.
Salí a entregar un pedido que me habían hecho, con parte de lo que me pagaron pasé al súper por unos chocolates y un oso de peluche, lo escogí especialmente para él con todo el amor que le tenía.

Cuando regresé a la casa él estaba acostado, no quería hablarme, me miró con odio, le di su regalo y le mostré el dinero, esperaba que eso lo alegrara un poco, sin embargo, recibí su desprecio, me dijo sarcástico que eso no solucionaría nuestros problemas y pasamos el resto de la tarde separados, ni siquiera comió conmigo, yo atendí a los niños y entonces pasadas las 3 de la tarde escuchamos que mis tíos corrían, él estaba en medio de un infarto.

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Alguien a quien solía conocer.

Corría el sábado 4 de diciembre de 1999, eran poco más de las tres de la tarde y el sol brillaba en todo su esplendor. La tarde era estática, el aire no soplaba y no había ruido en las calles. El timbre de la puerta sonó y mi corazón palpitó lleno de emoción y nervios. A pesar de que habíamos estado hablando por teléfono desde hacía ya cuatro meses nunca nos habíamos visto en persona. Esa sería la primera vez. Cuando bajé las escaleras me postré frente a la puerta, tenía la opción de no abrir y perder la oportunidad de conocerlo, sin embargo abrí mi mundo a un sin fin de posibilidades.  Él estaba parado con un ramo de flores y una caja de chocolates, sonrió y me abrazó al conocerme, entonces mis ojos brillaron y correspondí a sus atenciones con una sonrisa y un abrazo. No era feo, no era guapo pero había algo en su mirada que me capturó por completo. Teníamos muchas cosas en común, eramos más que amigos, nos conocíamos a fondo a pesar del abismo que nos separaba, éramos almas gemelas,

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