3 meses después.

Corría el año de 1999, la llegada del año nuevo  estaba cerca y no había nada diferente excepto la promesa de conocernos.

Luego de hablar 3 horas diarias por teléfono, de escribirnos interminables correos o encontrarnos en el messenger, decidimos conocernos.
Al principio fue por una amenaza, la amenaza de no volver a saber nada de él y después fue el interés, el interés de vivir una aventura.
Éramos tan afines, como si estuvieramos cortados por la misma tijera, pensabamos lo mismo, teníamos los mismos intereses y nos reíamos de las mismas tonterías.
¿De verdad quería conocerlo?, el hacerlo representaba el fin de la magia.
Mientras hablaba por teléfono con él y observaba fijamente el poster de Jean Claude-Van-Damme en mi puerta pensaba en lo afortunada que había sido por haberlo encontrado.

Él era todo lo que nunca había imaginado,  jamás hubiera volteado a verlo en la calle, ni siquiera hubiera accedido a salir con él pero era agradable, estar a su lado era lo mejor, aunque en ese momento no lo creí así.

Dicen que los amores más intensos son también los más breves y puede ser, a 20 años de haberlo conocido aún pienso en él y sé, que donde quiera que esté él también piensa en mi.

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