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día 20.

Eran casi las 9 de la noche cuando finalmente él bajó a hablar conmigo, me abrazó, me pidió perdón por haberse portado tan mal y entonces le dije lo que estaba pasando.
Abrió los ojos y fue al hospital a ver cómo seguía mi tío pero pasaron poco menos de dos horas cuando él mismo abrió la puerta del portón y entró a la casa, lo vi entre la oscuridad.
Había tenido un infarto, firmó el alta del hospital y se marchó porque no consideró que fuera importante, le pareció que no era peligroso o tal vez sabía que ya no tenía remedio.

No es que no me importara su salud, es que quería obviar las cosas, creer que si había salido del hospital era porque estaba bien, porque fue una falsa alarma, porque quizás había sido indigestión o estrés o algo diferente a un infarto, que las cosas seguirían igual que siempre.
Nos olvidaríamos del tema, seguimos adelante, estaba preocupada por el desarrollo de mi hijo, tenía muchas cosas en la cabeza, creí que poco a poco las cosas mejorarían y se terminaría esa mala racha que nos había perseguido desde que regresamos a casa.
Un día nos reiríamos de esto y lo contaríamos como una anécdota más.

El domingo por la mañana desayunamos todos juntos, no pregunté cómo estaba, era mi manera de no entrometerme en la vida de los demás, cosa que me habían enseñado muy bien, no preguntar si es que no querías recibir una mala contestación.

Él estaba bien, lucía bien, tenía muchas medicinas pero no parecía mortificado o angustiado, él seguía como siempre.

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