El último beso

Ella entró al departamento con una bolsa llena de comida. La colocó sobre la barra y se puso un mandil. Pasó la tarde cocinando.
Adornó la mesa con una vela, flores y copas.
Quería que ese día fuera especial, más allá del día de los enamorados estaba el hecho de darle un detalle.
Había olvidado comprar una botella de vino así que salió por un momento.
Él llegó poco después de las 7 p.m. ni siquiera notó la mesa. Se dirigió a la sala y continuó con su trabajo.
Cuando ella llegó lo vio emocionada. Se acercó hasta donde se encontraba y sonriendo extendió su mano mostrando una pequeña caja.
Él volteo, la tomó y la colocó a un lado del sillón. A penas murmuró un “gracias” y continúo con su trabajo.
-¿Sabes qué día es hoy?- preguntó decepcionada.
-Jueves…-
-¿No vas a preguntar por qué te dí ese regalo?-
-Estoy ocupado.-
-Creí que podíamos celebrar. Quería que fuera un día especial.Pasé la tarde cocinando…-
-No tengo hambre.-
-Hoy es día de san valentín. Quiero que hagamos algo especial, por favor no te pongas así. No eches a perder el día.-
-No estoy de humor. ¡Deja de reclamarme, solo haces que me moleste más!-
Él ni siquiera volteó a verla. Continuó callado y sumergido en su trabajo. Ella se quedó parada frente a él, los ojos se le llenaron de lágrimas.
-¿No cambiarás tu opinión? ¿Por qué no me contestas?-
-Ya te dije, no tengo humor. Déjame trabajar.-
-Pero hoy es un día especial…Al menos cambia tu humor, solo esta noche.- suplicó.
Él no respondió. Ella se dirigió a la cocina, se limpió las lágrimas y sollozo discretamente.
Sabía que a él no le gustaban sus comportamientos infantiles y mucho menos los berrinches.
Con la voz entre cortada le avisó que saldría por algo, él no volteó, la ignoró por completo.
Con el corazón roto salió del departamento.
Cuando terminó su trabajo cerró la computadora. Se levantó y observó la mesa. La vela se había consumido, miró su reloj, pasaban de las 12 y ella no había regresado.
Llamó a su celular, cuando no contestó supuso estaba enojada así que dejó de intentar y se fue a dormir.
El timbre de la puerta sonó. Observó su reloj, eran las 5 a.m. Se levantó somnoliento. Un par de policías estaban parados, lo miraron compasivos y le dieron la noticia.
Él corrió por los pasillos del hospital. Aún incrédulo de lo que había pasado estaba seguro que se trataría de un engaño.
Entró a terapia intensiva, estaba llena de tubos, sedada. Sintió que su corazón se resquebrajó al verla. Se sintió culpable por haberla tratado de ese modo tan hostil. La amaba, a su manera y sin embargo no era la adecuada.
Sabía que la había lastimado con sus actitudes y desplantes. Se lamentó haber intentado cambiarla cuando en un principio fue precisamente su autenticidad lo que lo enamoró.
Sujetó su mano inmóvil y durmió al pie de su cama.
A.Holt

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