Al final.

-Sé que te sientes culpable, no quiero retomar el tema del beso pero quiero que sepas que fui yo quien provocó todo, tú no hiciste nada.

-Bebí demasiado, el alcohol hace que las personas saquen sus deseos más obscuros.

-¿Eso quiere decir que...?

-Quería besarte, no puedo negar que me gusta pasar tiempo contigo, que siento que fue un error haberme casado tan joven, que me estoy enamorando de ti pero no puedo seguir con esto.

-¿Por qué no?

-Porque no tengo seguridad contigo, no te conozco.

-¡Claro que me conoces! Te he dicho todo.

-¿Qué haces los fines de semana cuando no nos vemos?

-Salgo.

-¿Con quién?

Gabriel sonrió, se recargó en la pared.

-No esperarás que me quede solo.

-Me muero de celos y eso no esta bien, solo pienso en tí cuando amanece, eres el primer pensamiento que tengo y tengo miedo de que Dorian se de cuenta de ello.

-Habla con él, dile que ya no lo amas, déjalo, ven a vivir conmigo.

-Las cosas no son tan fáciles.

-¿Te preocupa la seguridad? yo te ofrezco lo mismo.

-No entiendes.

-Te amo.

-Seguramente por eso pasas los fines de semana con alguien más.

-Tú los pasas con él.

-¡Con él! no con una de treinta, es absurdo, cómo puedes seguir saliendo con mujeres cuando supuestamente estas loco por mi.

-Mientras no dejes a Dorian soy libre de hacer lo que quiera.

-¿Qué me garantiza que al dejarlo tú cumplas con tu parte?

-Me estas pidiendo que te sea fiel cuando tu no lo eres.

-No vamos a llegar a ningún lado con esta conversación.

La relación que Dorian y yo teníamos se enfriaba lentamente y la relación que mantenía con Gabriel cada vez se tornaba más peligrosa.
 No podía seguir así, no quería vivir así.

-Me iré un par de semanas a Monte Carlo, te amo Berenice, no lo olvides.

Nunca podría olvidarlo, él había hecho tantas cosas por mi y yo le pagaba de ese modo tan miserable. Tenía que acabar con esto, no podía seguir sosteniendo esa mentira, con la culpa. Las palabras de Dorian retumbaban en mi cabeza como ecos sonoros. Una y otra vez los recuerdos de cómo nos conocimos venían a mi mente, no habían sido las mismas circunstancias rodeadas de interés, todo había sido lleno de amor.


-¿Escuchaste lo que te dije? -preguntó Gabriel.

-No -respondí removiendo de nuevo la gelatina del vaso.

La mesera pasó nuevamente frente a nuestra mesa y le sonrió a Gabriel coqueteándo.

-Te pregunté que cuándo piensas dejar a Dorian.

-No lo haré.

-¿Qué hay de nosotros?

-Entre nosotros no hay nada.

-Somos amantes.

-No somos nada. Gabriel, acepté salir contigo porque quería despedirme de ti.

-¡Qué!

-Renuncié, hoy fue mi último día, no nos volveremos a ver nunca más.

-Estas bromeando, le diré a Dorian que...

-Ya se lo dije, hablé con él y le conté todo.

-¿Entonces te quedaste sola?

-No, Dorian me ama y me perdonó. Debe amarme demasiado, yo también lo hago, jamás debí jugar con él de este modo. Me arrepiento de haberte conocido, no tienes idea de cuánto, si pudiera regresar el tiempo jamás habría aceptado esa comida.

-Estas mintiendo.

-Adiós Gabriel.

-Nadie me deja así, mucho menos tú.

-Creo que no soy tan tonta como creías.

-No, Berenice no, tú eres, eres tú a quien quiero, eres tú con quien debo estar.

-Lo siento.

-Tú serás mía.

-Nunca seré tuya.

Salí del lugar, sabía que me seguiría, corrí tratando de perderme entre la gente, subí al autobus y lo vi por última vez.
Parecía completamente perdido, lo miré con lastima después con desprecio, odiaba a la persona en que me había convertido por él, ya casi no reconocía. No quería volver a verlo nunca más en mi vida.
Regresé a casa, me acerqué a la ventana y vi el reflejo del sol sobre las ventanas de los enormes edificios que nos rodeaban, me sentí asfixiada, cerré las cortinas, Dorian estaba sentado en la sala, se levantó y me abrazó.

-Todo estará bien, siempre lo esta.

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