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La soledad.

Marco entró al cuarto en el que se encontraba Mina. Ella miraba hacia la ventana, ocasionalmente secaba sus lágrimas con la mano.

Tan pronto como lo vio se enderezó y se sentó en la cama.

-Cómo te sientes.

-No lo sé. Tengo miedo.

-Hay un policía afuera, el hospital está resguardado, no debes preocuparte.

-Cómo está Alfonso -preguntó expectante.

Marco jaló una silla, se sentó a su lado y cruzó la pierna en escuadra.

-Romina...

-¿Está muerto?, por Dios Marco dime cómo está.

-No tenemos pistas de su paradero.

-Prométeme que no dejarás de buscarlo.

-Romina...

-¡Promételo! 

-Ricardo ordenó que lo buscaran hasta por debajo de las piedras pero eso no garantiza que lo encuentren. Ya sabemos lo que pasa en este país con los periodistas.

-¿Ricardo? no puede ser, él, él -lo miró fijamente y guardó silencio-. Necesito salir de aquí, tengo que hablar con él.

-¡Hey!, no puedes ponerte en pie, el doctor dijo que quiere tenerte en observación unos días.

-Por qué.

-¿De verdad no lo sabes?

Romina palideció al darse cuenta de que Marco ya lo sabía.

-¿Quién te lo dijo?

-El doctor.

-No le digas nada a Ben, por favor aún no.

-Cielos, no puedo creer que insistas en eso. Él tiene derecho a saber la verdad.

-No ahora. Necesito tiempo.

-Para qué.

-¡Solo ayúdame!

-Te daré un par de semanas y si no le dices tu lo haré yo.

Marco se puso en pie y salió del cuarto. Romina recargó pensativa la cabeza en la almohada, no podía creer lo que acaba de pasar. La frente empezó a dolerle, la herida que tenía era profunda pero en ese momento no le preocupó la cicatriz que pudiera dejarle. Pensó en Alfonso, necesitaba encontrarlo a como diera lugar y sabía que Ricardo lo haría aparecer.

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