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La confesión.

-Totemo kirei ni arigatō -dijo mientras le sonreía a la joven mesa quien le rospondió entre risitas que trataba de ocultar detrás de la bandeja.

-¿En dónde aprendiste a hablar japones?

-Mi ex esposa era japonesa.

-Así que estuviste casado, vaya sorpresa, pensé que nunca lo habías hecho.

-Iba a decírtelo.

-No tenías que hacerlo.

-Estoy loco por tí Berenice, no quiero guardarte nada.

-¿Y qué pasó entonces?

-Bueno ella se aburría mucho en la casa, no podía trabajar y yo pasaba todo el día fuera, algunas veces la llamaba  para decirle que estaba en junta -soltó una carcajada-,  en realidad estaba en un hotel. Al final decidió volver a Japón.

-¿La engañabas?

-Varias veces.

Crucé los brazos por encima de la mesa y lo miré desafiante.

-Harás lo mismo conmigo.

-Contigo es diferente, jamás me había enamorado.

Pensé que era absurdo de su parte decir tal cosa conociendonos tan poco. Metí la cuchara en el vaso repleto de gelatina de café con crema dulce, supongo que creyó que a mis 25 años sería muy ingenua y fácil de convencer.

-Estas confundido.

-Eres todo lo que he estado buscando, en serio lamento haber llegado tan tarde, si te hubiera conocido antes, si tan solo hubiera sido yo...

-¿Qué harías si te dijera que no estoy casada?

-¿Bromeas?

Metí una gran bocanada de gelatina a mi boca mientras pensaba en cómo hubieran cambiado las cosas si él y yo nos hubieramos conocido antes, a final de cuentas había cumplido la fantasía de cualquier estudiante, andar con su profesor.
Hasta antes de mudarse a Verona, Gabriel había trabajado como profesor de tiempo completo en la universidad de Italia. Estaba casado con una diseñadora Japonesa que moría de aburrimiento encerrada en su casa, truncó su carrera por dedicarse al hogar, de ahí que aprendiera a hablar japones.
La engañó un par de veces, la siguió a Japón aún después de que se divorciaran, trató de recuperarla, le suplicó que volvieran, fue la única mujer a la que amó, estuvo embarazada pero perdió al bebé cuando se enteró de su engaño. No logró perdonarlo y eso lo corroía, no podía vivir con eso y por las noches tomaba pastillas para dormir excepto la noche en que salimos y su vida dio un giro.

-Ni siquiera me conoces lo suficiente.

-Conozco la mejor parte de ti.

-La mejor parte de mi no me define en su totalidad.

-Eres diferente a las demás, eres hermosa, no eres el tipo de mujer del que me hubiera enamorado y sin embargo me tienes hechizado.

-Bueno gracias pero sigo pensando que estas confundido.

-Estoy enamorado. Lo que pasó esa noche...

-Creo que deberías olvidar lo que pasó.

-¿No lo disfrutaste?

-Fue un error.

-Yo no siento que lo haya sido, no puedo olvidarlo.

-Bebimos demasiado.

-El alcohol solo deja salir la verdadera personalidad, ni más, ni menos.

-No debí salir contigo.

-Pero lo hiciste.

-Fue un error.

-¡Ese beso!

-No debió pasar, lo siento tanto.

-Imposible -dijo como si lo estuviera reviviendo-, jamás nadie me había besado de esa forma tan...wow.

-Shh...

Dije e inconsientemente escondí la mano cuando la mesera se acercó a la mesa.

-Nadie nos conoce aquí, no saben que no soy tu esposo.

-No traes anillo.

-Pude haberlo olvidado en la casa.

-Yo se que no lo eres.

-No diré nada.

Él tenía 35 años cuando lo conocí en la oficina del líder de proyecto y yo 25 y tan solo 2 de haberme casado.
Recién había regresado de Turin y pasaría un par de meses en Verona, compartíamos la misma oficina y era difícil fingir que no estaba ahí, en especial cuando salíamos a almorzar.


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