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Ha dejado de llover.

Me senté en aquella incómoda silla de madera mientras esperaba a que él apareciera, conté los minutos y parecieron una erternidad hasta que finalmente lo vi entrar al lobby del hotel. 

Cerró su sombrilla y sacudió su gabardina, acomodó su cabello y caminó hasta donde se encontraba la recepcionista.

Al verlo agité mi mano, él se aproximó con aquella sonrisa que abarcaba la mayor parte de su rostro y se sentó a mi lado.

-Lamento la tardanza, llovía a cántaros y el tráfico se detuvo. ¿Llevas mucho tiempo esperándome?

-No mucho.

-¿Quieres que nos quedemos aquí o quieres que vayamos a otro lado?

-Si está lloviendo, qué caso tiene salir. Además tengo que volver a la universidad antes de las 8.

-¿Para qué?

-Mi coordinador programó una asesoría con Henkel.

-Son las 7.

-No es mi culpa.

-Lo sé, lamento haberte hecho esperar tanto. Te propongo algo, te llevaré a la universidad y después iremos a cenar.

-No sé a que hora terminaré. En realidad creo que tenemos el tiempo exacto para hablar, no hay muchas cosas que decir. 

-¿No me darás otra oportunidad?

-No tiene caso, lo mejor será olvidarnos de esto y continuar con nuestras vidas.

Dije y me puse en pie, me coloqué la gabardina y acomodé mi cabello, tomé mi bolsa y él hizo una mueca y sostuvo mi mano.

-Por favor. Cometí muchos errores,  no dejes que esto termine así nada más, tenemos muchas cosas que compartir.

-Es mentira, ya no tenemos nada en común y si eres lo suficientemente inteligente como creo que lo eres soltarás mi mano y me dejarás ir.

-¿Hay alguien más?

-Tal vez.

-Henkel...

-No te lastimes, simplemente olvida que tuvimos algo que ver.

-Jenny...

-Adiós Mike. Buena suerte.

 Me picaba la garganta por aquella terrible frustración al no poder decir lo que pensaba. Hubiera sido mejor no quedarme callada y dejar que las cosas explotaran de una vez por todas pero no, no me atreví y el tiempo pasó, no podía volver atrás.

Mi conciencia pudo más que mi rencor, él me había engañado y yo no tenía el valor de enfrentarlo, me daba pavor que terminara por aceptar las cosas.

Cuando llegué a la universidad Henkel estaba sentado en uno de los sillones de la biblioteca, se puso en pie, cerró el libro que leía y me sonrió.

-Me da gusto verte, creí que no vendrías.

-A penas son las 7 con 3.

-Es que llovía a cántaros.

-A cántaros -musité pensando en Mike, volteé hacia la ventana y lancé un suspiro-. Ha dejado de llover.


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