La usurera.

 Aquella vieja calle por la que transitaba la gente sin detenerse estaba repleta de gente. Me detuve en la esquina, tenía miedo de saber qué estaba pasando y entonces tomé una profunda bocanada de aire y continué caminando.

El edificio que recién habían remodelado se encontraba acordonado, entre murmuraciones escuché que habían asesinado a alguien.

Sentí un ligero escalofrío, en el último piso del edificio vivía una mujer que hacía prestamos a cambio de alguna prenda de valor. Se llamaba Magda y días antes le había llevado un escapulario de oro. 

Su casa era perturbadora, tenía cortinas de terciopelo rojo y alfombras amarillas, sus muebles estaban cubiertos de polvo y encima de ellos había un par de sábanas con orilla de macramé pero sucias sin embargo eso no fue lo único que llamó mi atención, sobre la mesa de centro había dos tazas de té a medio terminar. Pensé que quizás alguien se encontraba en su departamento pero no era de mi interés.

Lo que si me interesaba era la fortuna que tuve de llegar en el momento en el que se le acabaron los pagarés.

Me pidió entonces que volviera otro día por el y me dio el dinero que sacó de uno de los cajones de su escritorio sin reparos.

Al salir de ahí me detuve un par de minutos al pie de la escalera, pensé que podría ser bueno que nada me ligara a ella pero también que podría existir un problema cuando quisiera recuperar el escapulario.

Ahora que había muerto mi problema era mayor. Claro que hasta ese punto, su asesinato era una suposición, no tenía la certeza de saber quién era la muerta o muerto.

Pero si era ella, mi deuda habría quedado saldada, no tendría que preocuparme más por conseguir el dinero para cubrir el primer pago que en suma era excesivo.

Sentí un profundo alivio, no por su muerte, eso no se desea a nadie, más bien fue por el hecho de tener dinero.

Caminé hasta mi casa en medio del letargo que dichos pensamientos me había provocado. No me di cuenta ni cómo pero cuando reaccioné estaba parada frente al contenedor de basura con un par de bolsas en las manos. 

Al volver al elevador me topé con un hombre delgado y encorvado, de cabello gris y ojos rodeados por enormes surcos. Soltó lo que llevaba en las manos y produjo tal estruendo que hizo que cerrara los ojos y me tapara los oídos.

Al abrirlos sentí un ligero escalofrío y tan pronto se agachó a recoger lo que parecían un par de llaves corrí al elevador y cerré las puertas. 

Mi corazón palpitó nervioso, nunca antes había visto a ese hombre en el edificio, era claro que no vivía ahí pero podría estar visitando a alguien. No lo sabía y tampoco me importaba.

Metí las llaves a la cerradura de mi puerta y las luces del edificio se apagaron, escuché unos pasos en la escalera, me apresuré a entrar a mi departamento y puse todos los cerrojos, tenía miedo y estaba muy nerviosa por lo que había pasado en el edificio de enfrente.

Minutos más tarde escuché las sirenas de la policía, pasaron algunos minutos antes de que decidiera asomarme a la ventana.

Entonces vi la calle y el edificio de doña Magda que estaba sitiado nuevamente por policías y una ambulancia.

Un hombre con gabardina se detuvo en las escaleras y entregó a uno de los policías una bolsa con un cuchillo al interior, detrás suyo salieron más policías sujetando de los brazos al hombre que antes había encontrado cerca del contenedor.

Llevé mis manos a la cara, estaba en shock, completamente asustada por lo que había pasado.  Aquello que soltó y cayó contra el suelo era el cuchillo con el cual había asesinado a doña Magda.

El cuerpo de la mujer salió minutos después cubierto por una de las sábanas que estaban sobre sus sillones, la reconocí por la orilla de macramé que tenían.

Las luces volvieron, me aparté de la ventana, no quería que el asesino viera que lo reconocí, en especial porque no tenía la seguridad de que fuera culpable. Después de todo doña Magda no tenía amigos, muchas personas querían verla muerta porque tenían deudas con ella.



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